La palabra, fuerza humana generadora de realidad, impregnada por el ritual de compartir la comida y la bebida en un espacio público, común, pero a la vez íntimo, propio, personal, tan mexicano y tan contradictorio como lo es una cantina.

El maestro Jorge Garibay hace tiempo nos regaló un hermoso libro donde inmortalizó la frase que da título a esta sección de La No 20 en línea. Donde la palabra se humedece. La palabra, fuerza humana generadora de realidad, impregnada por el ritual de compartir la comida y la bebida en un espacio público, común, pero a la vez íntimo, propio, personal, tan mexicano y tan contradictorio como lo es una cantina.

Así, Donde la palabra se humedece tiene como objetivo contar historias y describir ambientes de las cantinas de la Ciudad de México y eventualmente de otros lugares del país. Buscamos usar el rumor acuoso de voces, tragos y cubiertos que caracterizan una cantina para colorearlas. Reposar palabras, decantarlas y así que cada quien decida si una cantina es un lugar de perdición o un aposento redentor.  Trataremos de  narrar mes con mes cómo son estos sitios desde una perspectiva personal fundada en la experiencia, en los detalles cotidianos, sin pretensiones críticas y alejada de una intelectualidad sobrada, presuntuosa y fútil.

En esta primera entrega, toca turno a La No 20. El buen juez comienza por casa.

flyers_junio17La No 20
En agosto de 2011 La Número 20 abre sus puertas en la calle de Andrés Bello número 10, en las inmediaciones de Polanco. Zona capitalina por demás conocida por su innumerable oferta y variedad gastronómica. A la cual según la visión de sus creadores, le hacía falta una cantina que recuperara los aspectos más tradicionales pero que al mismo tiempo ofreciera  una opción auténtica, diferente e innovadora.

El espacio de La No 20 desde el primer contacto con él, propone un contexto elegante basado en una decoración Art Decco al estilo neoyorquino, con un toque mexicano; o al menos así lo definen sus creadores. Lo cierto es que la primera impresión que me dejó el lugar al entrar, fue el pasillo que te recibe, te invita a pasar, incluso por el efecto óptico que produce el juego de mosaicos en el piso, por la serie de fotografías de cantinas y bares capitalinos de la primera mitad del siglo XX. Desde aquí se siente que efectivamente uno acaba de entrar a una cantina.

Enseguida te topas con un piano negro. Impoluto. Sorprende. Nunca me ha tocado escucharlo aquí y por más que trato de recordar tampoco en alguna otra cantina. No sales del asombro cuando la galería de artesanías mexicanas te sale al paso, te absorbe. Su colorido atrae la mirada y su diversidad me recuerda lo orgulloso que me siento de mi gente y de los artesanos con raíces indígenas. Rebozos de seda, Ollas de Casas Grandes, Chihuahua; piezas Wirráricas (huicholes) de chaquira, la máscara de Místico, el luchador mexicano que ahora prueba suerte en la lucha gringa, barro negro oaxaqueño, alebrijes y, entre muchas otras cosas; una colección de figurillas caricaturizadas de todos los presidentes de México, desde Guadalupe Victoria, hasta el actual. Y te encuentras a Don Porfirio, Echeverría, a Lerdo de Tejada, Díaz Ordaz, del cual creo no hicieron caricatura sino un retrato fiel… están todos. Incluyendo innombrables, interinos y altezas serenísimas.

flyers_junio19Es tiempo de doblar hacia la izquierda y la gran barra rectangular te planta cara. Lo primero que me vino a la mente al verla fue sentarme, contar las botellas organizadas por tipo, tal vez pedir una cerveza y saludar a alguno de los cantineros. Echarles un albur e incluso como en otros lados, esperar a que sin mediar palabra me sirvan exactamente la marca que me gusta, casi congelada, pues como buena cantina en la barra te conocen, te recuerdan. Sin que suene a reproche, los cantineros de La No 20 son jóvenes. Activos por naturaleza parecen tener un destino próximo e inmutable por alcanzar. Entre más rápido mejor. Impresiona su avidez. Diría que son fulminantes. A mi me dejó la nostalgia de alguien expedito, sí; pero con la parsimonia, astucia y picardía de un cantinero. Tal vez ya estoy chocheando

Pero justo ahí en la barra percibí ese sonido tan típico de estos lugares. No es un cuchicheo pero tampoco la suma de voces que aturden. Es un rumor húmedo que incluso te permite distinguir las muchas pláticas que te rodean. Entonces oí hablar de negocios. Por otro lado de política. Y un par de amigos ya con ciertos estragos en la voz y las mejillas expresivas; mentándose la madre con una enorme sonrisa. La cual más que a ofensa, sonó a un no permitido entre hombres “te quiero amigo.”

Ezequiel Tinajero