Ezequiel  Tinajero

Después de un par de buenos tragos, acompañados por una cochinita pibil que fue devorada con singular alegría por el arribafirmante; la noche se nos vino encima y un fuerte aguacero motivó a más de un parroquiano a permanecer estoico, prefiriendo humedecer sus palabras a humedecerse de pies a cabeza. Además de pensar en el tráfico frenético de una ciudad mojada, en horario de salida de oficinas y en fin de semana…

No discurrí demasiado para decidir, como lo hicimos prácticamente todos los presentes; en permanecer y continuar con el diálogo que reconoce con una sonrisa o una sonora carcajada; al interlocutor o interlocutora, según sea el caso, como un igual con quien se comparte una mesa, un ágape, donde lo que se come y lo que se bebe, une, vincula, concilia y cuando se hace con madurez, la experiencia sin duda es suculenta.

En las cantinas además, lo casual e inesperado es parte de la rutina. Encuentros y desencuentros, coincidencias, sopresas… devenires que no se planean, simplemente suceden, pues como punto de reunión dedicado a los cruces de historias, son tantas las que allí convergen que cuando se trata de un lugar con ángel, las cosas pasan. Y no me refiero a esto en un tono fatalista o metafísico. Las historias al entretejerse, producen bordados cuyas tramas sorprenden, improvisan y crean nuevas a partir de la unión de uno o varios más.

Así fue como llegaron a mi mesa, dos queridos amigos regiomontanos, quienes en visita relámpago de negocios y ante un cambio repentino e involuntario de vuelo, decidieron ir a conocer La No. 20 y de paso, saludarnos, ponernos al día. Coincidencia que en otro contexto y sin la maravilla de la eventualidad así como del espacio oportuno de una cantina, no había sido posible desde hace tiempo.

Y llegaron con ese desparpajo y autenticidad de la gente del Norte. A grito pelao, mentando madres entre abrazos y saludos, a través de una efusividad que se contagia. Alegra. Llovieron al mismo ritmo que el aguacero que permanecía, decires como ¡quihubo re cabrón!, ¡mira qué jodido estás!, ¡qué mal te trata tu vieja!, tá cuan madre aquí, te la bañaste primo!

Cenamos. Nos enviaron desde la cocina algunos platos para compartir: pulpo, otra ronda de cochinita, ostiones y quesadillas de hongos, más una andanada de postres dado que uno de los regios al parecer tenía ansias o al menos deseos por experimentar un shock por azúcar. O será que pese a la fachada, nuestra gente del norte bárbaro, son en realidad dulces.

Llegó el tiempo para aquellos que gustamos de la niebla en tubo, (como decía Sergio Jiménez en Los Caifanes), y de continuar departiendo. La familia y el trabajo, fueron los temas iniciales obligados. Da gusto saber que esas cosas dan gusto. Es decir, saber del otro en un ambiente como en el que nos encontramos, por el simple hecho de escucharlo y hacer saber que si bien siempre hay problemas, las cosas se mueven y uno persiste, permanece. Pero sobre todo, percatarse de lo universal que es la vida cotidiana en boca de otros y más cuando te toca explicarlo y te das cuenta de ello.

Ya entrados en la conversación, llegaron más amigos, una pareja muy querida que recién cometieron el doloso acto del matrimonio y mi comadre. Es importante hacer notar que hace tiempo las cantinas han sido tomadas por asalto silencioso, por las mujeres. Ahí están y como dice la frase común, llegaron para quedarse. Lejano parece el año 1982 cuando por vez primera se les permitió el acceso. Pero sobre todo suena ridículo recordar que antes no podían hacerlo.

Continuará…

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